Levantó la vista y la vio allí arriba, imponente, brillando como sólo ella sabía. Cada noche pasaba por allí, esperando el momento en el que ella aterrizara en sus brazos. Mil doscientos cuatro días no habían conseguido que perdiera la esperanza. Y entonces, pasó.
Un temblor la despegó del cielo y, dejando un rastro de luz tras de sí, llegó a la Tierra. No pasaran ni dos segundos desde que había dejado de parpadear en la inmensidad del espacio hasta que él pudo sentirla y admirarla mientras la sostenía, inerte.
En lo que él tardó en suspirar, ella abrió los ojos. Por fin se había despertado.


